domingo, 18 de mayo de 2014

La roca puntiaguda

<<Cuento corto>>

Levanta tu mirada, el cielo está de un color celeste blanquecino.

El sujeto quiso saltar desde lo más alto de aquella roca, puntiaguda, plomiza. El sentido de la vida no era si no el saber de lo que significa dar el siguiente paso. El cemento ayudaría a volar, el golpe sería el resorte paradójico hacia lo blanco. 

Saber de ti ayudaría, ¡quiere saber de ti! Dónde estás, qué es lo que haces, tu cima, tu cavidad, tu instrumento. El hombre, ahora, se asemejaba a la roca, poseía un hoyo en el centro, pero continuaba fuerte, de pie. Los poemas se perdieron entre las lágrimas, el agua; el sol realizó todo lo posible para eliminarlos. Lo logró. La historia acabó ahí, confuso. Ahora no sabe algo, se convirtió en nada. 

Todas las personas tienen tu cara, tus ojos, tus labios, tu cabello, tus mejillas; estás presente en todos lados, a cada momento, significativo. Él se arrodilló, hablaba, gritaba. Desde lejos solo le definía una sombra, era oscura, él vestía de negro, todo era una suma, la combinación especial. Su azul se apagó como el día con la noche. Su cuerpo caía lentamente, sentía el aire en todos lados, en el oído le cantaba una canción, le cerraba los ojos y las manos, entre abiertas, intentaban aferrarse a su cuerpo inexistente. Todo sumaba. 

El sujeto intentó regresar por donde llegó a lo alto de esa roca, contar y, quizá, recoger sus pasos. Rompió las reglas, las desafió. Perdió. Lo natural, y quizá no aceptado, triunfó ante lo que intentó cambiar. Las reglas se vistieron de negro, estaban más negras, lo blanco se oscureció y lo gris poco a poco se apagaba. 

La roca seguía en su lugar, lo que rompió el sujeto parecía no hacerle ningún tipo de daño, y fue así.

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