Intentaba verla por el agujero oscuro, a través de él, pero la vi completa, sonriente.
El morado es un multicolor, casi completo de perfección con puntitos grisáceos, en ella tenía ese grisáceo especial. Su cabello ondulado bailaba con el viento, parecía que cada paso estaba ensayado, una uniformidad poco común. Su cabello es gris y parece que duerme con las aves, su pico se asemeja a la cima del mundo. Pero no conozco todo lo que se hace llamar mundo, no conozco su cima. Su mundo ni el mío.
Su circunferencia era la misma. Sus rectas caían perpenticularmente a sus pies, y estos esquivaban a la realidad. La observaba tan lejana ahora, tan ella sin algún rasgo del pasado común. En el infinito, por fin, se podía ver el fin. Y ella seguía distante, abrazando sus sueños cortos. Su mirada aún seguía perdida, segmentada. Sus labios permanecían esponjosos, llenos de vida, de aire, de agua, de ser. Su aroma continuaba combinando pasiones e ilusiones.
Sonreía. Parecía que cuando lo hacía se peleaba sigilosamente con la realidad y lo real inverso triunfaba. Su reflejo en la tierra era mayor a una ola que revienta en la orilla. Todo en ella era mayor a un más. Su sonrisa seguía siendo mayor.
Su cabello, con ese aroma adictivo, estaba cerca a mí. Entre la espalda y el pecho. En esa cavidad huesuda que con cada sonido hacía que ella realice movimientos extravagantes. Entre el pulmón, el estómago y el hígado.
El aire adoptó textura. Ella vida; yo, dolor. El morado continuaba grisáceo.
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