<<Cuatro paredes>>
Domingo seis de julio: a lo sempiterno se le encontró un fin.
El sueño había iniciado hacía varios meses, precisamente desde el último enero, con su sol, brisa y aroma; aquel día el cielo estaba más frío y morado, también el viento dejaba de abrazar cálidamente; las caras de las personas, de igual forma, cambiaron, aquel día eran más extrañas, extensas, más psicológicamente malvadas. El tiempo pasó tan efímeramente que en la noche anterior, al acostarme, pestañeé y, al abrir los ojos, me levanté al observar en el reloj que faltaban menos de tres horas para que el dichoso gran sueño finalice. Aquellas losetas impolutas, el agua y la fina brisa del amanecer fueron testigos del exagerado rigor con el que intentaba aniquilar el temor y las dudas.
Afuera las calles mantenían esa palidez con la que siempre intentan apaciguar cual fuera el fenómeno humano; sin embargo, el abrigo familiar siempre lo apacigua con mayor eficiencia. El bicho extraño que me consumía de adentro hacia afuera se extinguía mientras los metros de distancia se acortaban, pero la pesadez aún persistía; no servía gritar o cerrar lo ojos con tal fuerza brutal que las pestañas podían sentir dolor fétido: mientras seguía avanzando la lengua y los dientes callaban aquel horroroso grito de ya no batallar.
Mezcolanza en el surco: la aglomeración no contenía límites.
Una inmensa carretera me separaba de la puerta principal, también el asfixiante cúmulo de personas con sus estados esperados (llanto de impotencia, palabras con propósito de entelequia, excitabilidad, confianza -en algunos de ellos-), mas estos factores, a parte de algunos otros como la tristeza y alegría, formaron parte del pesado saco con el que pretendía caminar y atravesar aquella barrera, de ciento veinte obstáculos, con el fin de tocar con el dedo índice el estimado galardón que acreditaría, a las diecisiete horas del mismo día, que avancé sin haber retrocedido por aquel camino por el que tantos otros avanzaron más de una única vez por necesidad, por querer tocar con el dedo índice, o quizá con toda la mano, aquel galardón tan ansiosamente.
Las voces que se transfiguraban en gritos y los sonidos estridentes procedentes de diversas máquinas con el único fin de crear un pandemonio completaban todo el espacio que lo físico no; algunas personas también intentaban llenar ese profundo y ancho vacío, intentaban undirse en ese hueco al que no se le veía la sima; el cielo ya ocultaba esa erupción de cantos de las aves desde, quizá, algunos árboles cercanos, y al pensar que el pre-nerviosismo había cesado, la puerta se abrió con un seco sonido que hizo que los gritos quemen los alrededores.
Ciento veinte obstáculos me separaban del galardón: ciento ochenta minutos brillaban a mi disposición para seguir hacia la realidad.
Cada paso de aproximación a la puerta significaba estar cerca del final del sueño de hacía meses, significaba que el momento de emplear eficazmente todas y cada una de las armas para batallar en contra de la derrota había llegado, significaba que las mariposas por fin podrían volar libremente desde mi estómago a mis manos y, desde allí, hacia mi cabeza. Con cada paso también entendía que la puerta brindaba una gélida y muy estricta bienvenida al paredón que ocultaba en cada uno de los asientos de sus aulas en donde se descubrirían a las víctimas, los héroes y, por qué no, a la acumulación de escombros que había dejado entrar.
Al llegar al punto más cercano de separación de la realidad, la puerta, para introducirme al mundo caballeresco en donde la victoria se aseguraría por medio de entre guerras bifurcadas en grandes bandos -o bien llamémosles Letras y Ciencias- todo se tornó más simple y compacto; el pandemonio existente se esfumó al mismísimo contacto de mi pie derecho con la línea blanca que aseguraba haber penetrado aquel otro mundo en donde las leyes sociales cambian su dirección. Las demás personas que, al igual que yo, luchaban por consagrar su dedo índice, también se enfrentaron al tiempo, la presión y, más que un sobre todo, a la tan temida soledad humana.
Las diecisiete horas del mismo día: me enteré que la generalidad general le ganó a la generalidad particular.
Por segunda ocasión la puerta se abrió en toda la dimensión que permitió para demostrar la gran y hermosa satisfacción de quien había realizado lo suyo: intimidar. La enorme carretera lucía cálida y acogedora, combinaba una serie de satisfacción mezclada con la esperanza de haber alcanzado el laurel; las personas se presentaban más comprensivas y llamativas, en sus caras ya no se podía distinguir preocupación, molestia o excitación, sino, por el contrario, la conformidad de que en ese preciso instante el sueño había finalizado. El cielo seguía pálido, el viento golpeaba sin preocuparse de lastimar; los característicos fenómenos de los alrededores se exhibían cotidianamente.
El último paso era la aceptación de la derrota para poder acariciar el título victorioso, todo consistía en aceptar que el esfuerzo no fue completo, que las horas se hicieron nimias durante la mañana y tarde, que el fin se adelantó al característico análisis de lo hecho, a su conclusión y a su trabajo de revertir secuelas que podrían no haber ayudado. A las diecisiete horas del mismo día mi dedo índice se tuvo que alegrar con el anhelo de seguir batallando, ahora por completo, para tocar el galardón meses adelante en donde, quizá, el camino que se presente sea conocido y, las ciento veinte piedras que se encuentren en él estén marcadas ya por el caminante que batallará por aniquilarlas, por segunda vez, utilizando elocuentemente todas sus herramientas disponibles.
Caminar hacia adelante por segunda vez: utilizar cabalmente todas las disposiciones legibles.
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Agradeceré su critica, todos aprendemos en el camino.